Mostrando entradas con la etiqueta cementerios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cementerios. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de septiembre de 2009

Las aventuras de un profanador de tumbas (segunda parte)

Cementerio de un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme.

En la primera parte revivimos las visitas nocturnas a cementerios del joven Vesalius. Como ya les confesé, un servidor también es aficionado a este tipo de excursiones. Así que hoy me dispongo a relatarles lo que ocurrió en la última de ellas.

Hace unas semanas, tuve el honor de ser invitado a pasar unos días en el castillo del doctor Frikosal. Una tarde, durante una excursión por la comarca en compañía del doctor y su encantadora familia, todas las alarmas de mi detector de cementerios saltaron simultáneamente. Unas cruces sobresalían en lo alto de una colina. Sin poder apartar la mirada de aquellas, conducimos a toda prisa hasta llegar a la entrada. Era un lugar ciertamente precioso. Tanto como un cementerio pueda serlo. Una hermosa pared de piedra hacía de límite del recinto y un arco con una verja de hierro servía de entrada. La verja estaba cerrada y tenía un pasador. No obstante, una gran alegría se apoderó de mi cuando vi que no había candado. Era evidente que debíamos regresar por la noche. Planteé el tema y, tras algunas dudas, el doctor propuso regresar en mi coche. El suyo es bien conocido en toda la comarca y su sola presencia levantaría sospechas. La ausencia de reacción en la familia del doctor me indicó que ya estaban habituados a observar comportamientos excéntricos. Ahora el único problema era el cielo, que estaba demasiado cubierto. ¿Se despejaría a tiempo?

Tras la excursión, que incluyó un baño en un río la calidad de cuya agua me abstendré de calificar, regresamos al castillo a cenar. Algo más tarde, ya entrada la noche, observé que el cielo se había despejado. Era el momento.

Vía Láctea sobre el cementerio.

El doctor y un servidor conducimos de nuevo hacia el cementerio. Por el camino discutimos sobre las diferentes estrategias
para pasar desapercibidos. Frikosal había traído un pequeño álbum fotográfico como justificante en caso de que las cosas se pusieran feas. Al cabo de un rato ya estábamos en pie frente a la verja. Había que abrirla con cuidado ya que el menor ruido podría alertar a la población local (se entiende a los vivos de fuera del cementerio). La puerta chirriaba bastante, como corresponde, y los aullidos de un perro a lo lejos, que por momentos parecía un lobo, daban mayor atmósfera al momento. Por suerte, se celebraba una fiesta en el pueblo, así que la gente estaba distraída.

Al entrar en el recinto el viento soplaba hacia el exterior y daba la sensación que al abrir la puerta se había perturbado la calma que reinaba unos minutos antes. Buscamos algunos puntos de vista sugerentes para las fotos. Pero la sencilla composición formada por la vista frontal de la serie de tumbas funcionaba perfectamente.

Al principio nos movíamos tímidamente. En la oscuridad temíamos un tropiezo que nos hiciera caer sobre un terreno que presumíamos no muy firme y lleno de huesos. Al cabo de una hora aproximadamente, comenzamos a oír una multitud gritando en las afueras del pueblo. El doctor estaba convencido de que la multitud exaltada venía a lincharnos. Tras unos segundos de dudas me dirigí a la puerta. No se veía a nadie. Al parecer los gritos formaban parte de la fiesta del pueblo.


La noche siguió sin más problemas. El doctor, que al principio se mostraba reticente a entrar, acabó sintiéndose muy cómodo tumbado en el suelo entre las lápidas para conseguir un buen ángulo para sus tomas, y casi hubo que llevárselo a rastras.

Cuando ya nos marchábamos, realicé unas últimas fotos de la entrada. Al final resultaron ser estas las más interesantes. En efecto, a la mañana siguiente, tras procesar las fotos, descubrimos una cosa un tanto misteriosa. Un ser semitransparente parece no atreverse a cruzar el dintel de la entrada ¿Tal vez un espíritu se despedía de nosotros? Juzguen ustedes. Pero no recuerdo exactamente si esto último fue así. Será mejor que comprueben la versión de Frikosal.

¿Acudiría un espíritu a despedirse de nosotros?

domingo, 20 de septiembre de 2009

Las aventuras de un profanador de tumbas (primera parte)

Cementerio de un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme. (Pinche la foto para ampliarla)

Aunque el título promete, no se si el relato va a estar a la altura. Pero lo cierto es que las historias que todavía se cuentan en las calles cercanas a los antiguos cementerios de París, Lovaina y Padua son, por lo menos, algo inquietantes.
Algunas noches, en tabernas de mala muerte, se escucha algún viejo borracho comentar historias transmitidas durante generaciones, referentes a las acciones de un joven estudiante de medicina llamado Andries van Wesel, que pasaría a la posteridad con el nombre de Andreas Vesalius.

Durante buena parte de la Edad Media, la disección de cadáveres humanos estaba totalmente prohibida, perseguida y castigada por la Inquisición. Los médicos únicamente podían aprender la anatomía humana mediante suposiciones a partir de la disección de animales no humanos. No fue hasta el inicio del Renacimiento que unas pocas ciudades-estado decidieron permitir la disección de algunos cadáveres por año, procedentes de criminales ejecutados. Sin embrago no era suficiente. Vesalius estaba sediento de conocimientos y tenia que hacer algo para progresar en sus investigaciones.

Pero más que relatar sus acciones, creo que será mejor que el propio Vesalius nos cuente lo que, secretamente y con gran riesgo para su vida, hacía para aprender. Recordando sus primeros años como estudiante y luego como joven médico, Vesalius escribió:

“En este momento, no pasaría de buena gana largas horas en el cementerio de los Inocentes en París revolviendo huesos ni iría a buscarlos a Montfaucon, donde de una vez, con un compañero, numerosos perros salvajes me pusieron en grave peligro. Tampoco tendría ganas de que me dejaran fuera de [la Universidad de] Lovaina para, solo en medio de la noche, poder llevarme huesos de ahorcados para preparar un esqueleto […] ni aconsejaré a los estudiantes de medicina que observen dónde han enterrado a alguien. No guardaré en mi dormitorio durante varias semanas cuerpos tomados de las tumbas [...]. Sin embargo, demasiado joven para obtener dinero de mi profesión y deseando aprender y avanzar en nuestros estudios comunes, soporté de buena gana y alegremente todas estas cosas.”

Tengo que confesar que, de vez en cuando, yo también acudo por las noches a los cementerios. He adquirido cierta experiencia internacional, habiendo profanado en multitud de países. En esta ocasión fui a un cementerio junto al amigo MS, con quien comparto la obsesión por fotografiar paisajes con cielos estrellados. Lo que ocurrió esa noche se lo contaré en la segunda parte de esta entrada.