martes, 29 de diciembre de 2009

La cueva de las manos

Un camión cruza por la Ruta 40 las inmensas y desoladas extensiones de los desiertos patagónicos.

Tal vez la parte más conocida de la Patagonia sea la que consiste en grandes montañas y gigantescos glaciares. Los Andes patagónicos. Pero esto no es más que una parte ínfima de su extensión. Por lo menos en Argentina. En realidad, la mayor parte de la Patagonia no es más que una inmensa zona árida y terriblemente desolada. Una extensión bastísima, especialmente difícil de imaginar para los que, como yo, somos de la tan espacialmente limitada y superpoblada Europa.
Hay multitud de lugares para apreciar esto, pero uno de los más conocidos es la mítica Ruta 40. Durante mi primer gran viaje, tuve la ocasión de cruzar una buena parte en una camioneta 4x4, junto con mi hermano M y dos argentinos -C y H- que habíamos conocido unos días antes.

Durante los primeros kilómetros también venía una anciana de Australia, que insistió en ser abandonada en medio del camino con la intención de llegar a pie a no sé donde. La vimos hacerse pequeña por el retrovisor hasta que desapareció en la polvareda levantada por nuestro vehículo. Quedamos algo preocupados. Viendo las características del entorno, no descartamos que alguien encontrara su esqueleto un tiempo después (*).

Al cabo de media hora, en medio de toda aquella desolación, apareció un oasis de verdor creado por las aguas de un pequeño río.

Oasis de verdor en el Cañadón del río Pinturas.

Entonces comprendimos de donde sacaban el agua los guanacos y ñandúes que habíamos visto desde la pista. El río, que se llama Pinturas, también había hecho posible la existencia de grupos humanos en tiempos prehistóricos. Muy cerca de allí existía una impresionante prueba de ello y pronto la íbamos a encontrar.

Se trata de la Cueva de las manos, llamada así por las pinturas rupestres de manos, hechas a base de pulverizar pintura soplándola a través de un tubo sobre la mano.

Cueva de las manos.

Pero hay mucho más que manos. Se pueden distiguir tres grupos estilísticos correspondientes a tres periodos:
  • Periodo A de hace entre 9370 y 5470 años. A este periodo pertenecen las escenas de caza dinámicas.
  • Periodo B de hace entre 7430 y 3430 años. A este periodo pertenecen los animales con el vientre abultado.
  • Periodo C de hace entre 3430 y 3000 años. A este periodo pertenecen las manos rojas y blancas y los diseños geométricos.

Caza de guanacos mediante boleadora. Las líneas representan la trayectoria de las piedras redondas lanzadas con aquel instrumento.

Los guanacos son tan abundantes ahora...

... como lo eran en aquella época.

Tras la visita a la cueva continuamos hacia el sur. Ese día conducimos unos 700 kilómetros y creo que únicamente nos cruzamos con tres vehículos.

A medio camino vimos un coche viejo parado en un lateral. Al ver también un hombre decidimos parar por si tenía algún problema. En este tipo de lugares la solidaridad surge de forma natural. Efectivamente, el hombre había tenido un pinchazo y necesitaba ayuda. Nos pidió si podíamos dejarlo en una estancia que había cerca de allí.
Por el camino nos explicó que él estaba al cuidado de la estancia, pero no era el propietario. El dueño era un señor alemán. Era una propiedad gigantesca, de no sé cuantos miles de hectáreas y cientos de miles de ovejas. Al parecer, el señor alemán compro las tierras años atrás por un millón de dólares y ahora estaban valoradas en 300 millones. Nos dijo que el dueño solo viene una vez al año a controlar que todo sigue bajo control y generando millones.
El cuidador ganaba 1200 pesos de 2006.

Una mano con seis dedos.

(*) A través de un conocido común supimos más tarde que la australiana había sobrevivido sin problemas a la excursión que pretendía hacer.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Una familia amish en la selva. Cuarta (y última) parte.

Nota: Esta es la última parte de un relato que tiene una primera, segunda y tercera partes prévias.

Un ruido me despertó. Todavía estaba completamente oscuro pero no tenía ni idea de qué hora era. Entre el rumor de una lluvia ligera distinguí el sonido de unos pasos fuera de la cabaña. Agudicé el oído y escuché más pasos y unas voces. Eran
los niños hablando. Encendí la linterna, eran las cuatro y media. Unos meses antes había pasado una temporada larga con los menonitas. Estaba claro que los amish eran igual de madrugadores. Aparté la mosquitera, me puse las botas y salí fuera. Fui a la cabaña principal, todos estaban levantados y las mujeres calentaban agua en la cocina. Tras tomar el desayuno, la luz del alba ya permitía caminar por el exterior sin ayuda de la linterna. Todos comenzaron las tareas del día.

Abraham trabajando en un campo cercano a la cabaña principal.

Jacob dirigiendo las vacas al establo para ordeñarlas.

Los niños se quedaron en la mesa del comedor. Esta era su escuela y Esther su maestra. Utilizaban libros traídos de EEUU. Curioseé los de ciencias. No me extrañó mucho ver que se trataba de libros creacionistas, bastante abundantes en el país supuestamente más desarrollado del planeta. Preferí no hacer ningún comentario, sobretodo por respeto a la hospitalidad que me habían demostrado.

Franz cogiendo guayabas.

Al cabo de un rato, comenzó a llover fuerte de nuevo. Poco a poco el resto de la familia fueron entrando en la casa. Todos excepto Abraham, que pa
seaba bajo un paraguas por los campos que rodeaban la cabaña. Como no se podía trabajar en condiciones, la familia se sentó en torno a la mesa y comenzaron a entonar cantos religiosos durante un buen rato. De repente, un rayo cayó muy cerca de la casa, el trueno fue ensordecedor, el mayor que haya escuchado nunca. Esther dijo que creía que había caído sobre el tejado de calamina. Le comenté que la actitud de Abraham, paseando por el campo bajo el paraguas, era como mínimo imprudente. Ella salió al porche y lo llamó. Abraham no hacía ni caso. Un nuevo rayo cayó de nuevo cerca, aunque no tanto como el anterior. Esther y Elisabeth perdieron los nervios y comenzaron a gritar a Abraham, que seguía ensimismado en su mundo. Al cabo de un buen rato regresó. Parecía no darse cuenta de los riesgos.

Abraham regresando de sus aventuras bajo los rayos y los truenos.

Esther se dedicó a ordenar la casa. Debido a la lluvia, unas tarántulas del tamaño de una mano pequeña, se habían refugiado en varios rincones de la casa. Esther incluso encontró una entre las sábanas de una cama que hacía tiempo que no se usaba. Les dijo a los chicos que la mataran, ya que eran peligrosas. Cuando fotografié la que ven más abajo, me advirtieron que si levantaba una de las patas debía a
partarme. Significaba que iba a saltar hacia mi para picarme.

Una de las tarántulas que se vieron aquel día de lluvia. Fíjense que ya tiene una pata levantada, señal de que está a punto de saltar sobre el sufrido fotógrafo.

Tras la comida, Esther se fue a hacer la colada al río. Allí le pregunté sobre los motivos que le llevan a vivir de esta forma. -Para estar cerca de Dios, me dijo. -En ningún otro lugar podría encontrar esta paz y soledad. No me importa lo que tengo, no me importa mi ropa ni me importa mi cuerpo. Yo no soy de aquí. Soy del cielo. Sonrió y señalando el balde metálico en el que enjuagaba la ropa, que perdía agua por un orificio, exclamó: -¡Aunque quizás este recipiente sea demas
iado sencillo!

Me impresionó el convencimiento de sus palabras. Esto era más que fe, era convencimiento absoluto. Como agnóstico -ateo a la práctica- que soy no pude evitar pensar si alguna vez se planteaba la posibilidad de que todo fuese una gran mentira. No osé preguntar y ahora me arrepiento.

Esther haciendo la colada en el río.

Hacía un rato que tenía en mente las tarántulas que había visto durante todo el día. Por la mañana no había pensado en dejar la mosquitera cerrada, así que fui a mi dormitorio preocupado por la posibilidad de que alguna de ellas se hubiera colado en mi cama.
Aparté las sábanas con cuidado y no había nada. Luego miré entre el borde del colchón y el somier y no solo había una, sino un nido con varias crías de menor tamaño, pero que igualmente imponían mucho respeto. Me di cuenta que la noche anterior había dormido con ellas.

Le pregunté a Jacob sobre la peligrosidad de su picada. -Puede ser mortal (*), me dijo. -En 45 minutos uno ya está muy mal, añadió. Estaba a muchas horas de un pueblo y a varios días de un hospital decente. Pensé que ya era suficiente. Me habían pasado demasiadas cosas durante los últimos meses y ya estaba cansado de los peligros. Ya había visto como vivía la familia y tenia suficientes fotos para ilustrarlo. Me despedí de ellos y comencé a caminar a través de la selva. Hablaba solo para avisar a los pumas y los jaguares, que en principio no quieren encontrarse con las personas. Al cabo de algo menos de una hora llegué a la pista de los leñadores. Contiué caminando con la esperanza de que algún vehículo me recogiera y llevara de nuevo a la civilización.

(*) Yo pensaba que las tarántulas no necesitaban ser muy venenosas debido a su tamaño. Si entre ustedes hay algún experto en estos bichos, le agradecería información al respecto, especialmente si con la foto pueden identificar la especie.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Una familia amish en la selva. Tercera parte.

Nota: En caso que le interese comprender lo que sigue, antes debería leer las partes primera y segunda.

Por la tarde, Esther, los niños y yo íbamos camino del huerto. Los perros iban y venían alrededor nuestro. Esther se veía intranquila, pero no pregunté el motivo.

Esther, los niños y los perros yendo al huerto.

Al cabo de 15 o 20 minutos llegamos. El huerto es una extensión relativamente grande -tal vez media hectárea- de antigua selva que aclararon considerablemente. Donde antes había árboles y palmeras ahora hay maíz, judías, cacahuetes -que por si no lo sabían crecen bajo el suelo, yo me enteré entonces- y otros vegetales. Esther necesitaba sobretodo judías y maíz para la comida de mañana.

Los ruidos en la selva son muy comunes, así que cuando observé que Esther se giraba cada vez que se oía algo en el interior del bosque, me pareció raro. -¿Qué ocurre?, le pregunté. -Los chanchos de monte. Esta mañana los niños han escuchado muchos ruidos cerca de la casa y los perros han salido corriendo. Cuando actúan así se trata de chanchos de monte. Los persiguen pero no pueden hacer nada contra ellos, ya nos mataron un perro años atrás. Mejor que terminemos rápido y regresemos a la casa.

Recogiendo panochas de maíz.

El calor era verdaderamente insoportable. En el interior de la selva, la oscuridad lo aplacaba, pero en el huerto no había sombra dónde refugiarse. Sudábamos a raudales. Comentamos que un sol tan fuerte presagiaba lluvias. En efecto, al cabo de una hora se nubló y comenzaron a escucharse truenos muy a lo lejos.

Pese a las prisas, regresamos cuando ya oscurecía. Entonces hice la que para mi es la mejor foto de mi visita. Es oscura (era durante el crepúsculo) y está movida (ellos se movían, y yo llevaba una cesta llena de panochas de maíz colgando del pulgar, mientras disparaba con la izquierda, mi única mano disponible entonces).

El regreso a casa al anochecer.

Pero incluso me gusta más así. Cada vez que la veo no puedo evitar preguntarme que estarán haciendo ahora y me provoca un montón de emociones y recuerdos. Pero claro, esto debería pasarle a alguien que no haya estado allí. Por eso la buena fotografía es tan difícil.


Antes de la cena.

Cenamos sin mayor novedad. Tras la cena, Abraham estaba abstraído en unos dibujos y planos del molino de agua. Me llamó y comenzó a murmurar frases señalando su dibujo. Hablaba tan bajo que ni siquiera sé en qué idioma lo hacía. Este señor era un auténtico misterio. Parece que vivía en su mundo la mayor parte del tiempo. Un rato antes me había dicho, a través de Esther, que no le tomara ninguna foto más de frente, ni siquiera de lejos -por otra parte, hasta entonces solo de lejos le había tomado fotos-, cosa que obviamente no volví a hacer.

Los indicios de inminente tormenta eran cada vez más abundantes. El resplandor de relámpagos lejanos, seguido al cabo de unos segundos de los correspondientes truenos, eran cada vez más frecuentes. El comedor estaba lleno de bichos, algunos de ellos enormes, que entraban por las rendijas de la casa. Una especie de cucarachas aladas, del tamaño de una pastilla de jabón grande, intentaban trepar por las perneras de mis pantalones. Había llegado el momento de usar el repelente de mosquitos.

Fuimos a dormir. Me dejaron una de las cabañas con una cama y, afortunadamente, una mosquitera de buena calidad. Mi cabaña estaba a unos 50 metros de la casa. Me fui solo, iluminando el camino con una linterna frontal y caminando deprisa temiendo encontrarme con el brillo de unos ojos. Entré en la cabaña cerrando la puerta tras de mi. Como no tenía cierre y a veces soy bastante paranoico, puse un pequeño mueble bloqueando la puerta por si venia a visitarme un chancho de monte, un jaguar o Abraham con uno de sus machetes. Después me quité las botas y puse los calcetines bloqueando la caña, para no encontrarme ninguna sorpresa a la mañana siguiente (*).

Me metí en la cama y ajusté la mosquitera con mucho cuidado. Cerré la linterna y todo quedó a oscuras y en relativo silencio. De repente, comenzaron a escucharse las primeras gotas de agua golpeando las hojas. Al cabo de unos minutos la gran tormenta había llegado definitivamente. La luz de los relámpagos se colaba entre las rendijas de los tablones de las paredes, lo mismo que un intenso olor a lluvia que pronto lo impregnó todo. El reflejo de la luz en las hojas mojadas se veía por la ventana. La temperatura había bajado por fin y yo me encontraba muy cómodo tumbado en mi cama. Parece que iba a tener una buena noche.

Lea la Cuarta (y última) Parte.

(*) Pueden pensar que he visto demasiadas películas de Tarzán, pero el próximo día verán que fue una buena idea.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Una familia amish en la selva. Segunda parte.

Nota: Si no lo ha hecho todavía, le aconsejo que lea la primera parte.

Por suerte, tras el perro apareció una mujer que lo detuvo con solo llamarlo. Yo respiré aliviado. -La Sra Esther Peters, supongo..., pregunté al tiempo que recordaba el episodio de Henry Morton Stanley y David Livingston. -Así es, respondió ella. -Hola, me llamo Jordi Busqué y vengo de parte de su amiga Aganetha Kropp.

Aganetha (*) es una chica amish que vive con su hermana y algún otro familiar, a más de una semana de viaje río arriba en canoa. Al parecer el lugar es un auténtico paraíso, totalmente aislado del mundo, donde los jaguares y otros animales campan a sus anchas, sin nadie que los moleste. Esta chica puede pasar casi un año seguido aislada en la selva. Lo habitual es que cada seis u ocho meses haga un breve paréntesis para visitar la civilización y ver a algunos amigos y parientes durante unos días o semanas. Fue entonces cuando la conocí, una gran suerte teniendo en cuenta el poco tiempo que pasa en la civilización. Tanto aislamiento puede ser peligroso, me pareció. Ella me comentó que, a parte de toparse con animales peligrosos, en una ocasión había enfermado de forma muy grave -probablemente de malaria, aunque ella no sabe qué es eso- y que, cuando ya estaba a punto de morir, sus familiares fueron en busca de una curandera indígena que le dio un remedio a base de plantas de la selva que, al parecer, le salvo la vida.

Mi idea inicial era ir a ese remoto lugar, pero tras el accidente no estaba en condiciones de correr tantos riesgos y además había perdido demasiadas semanas ingresado y haciendo reposo y me quedaba menos de un mes de tiempo. Finalmente, Aganetha me habló de Margaret. Ésta vivía mucho más cerca de la civilización y si iba de parte de ella tal vez me invitara a quedarme. Así fue.

-Llega Vd. a tiempo para el almuerzo. Si quiere comer con nosotros..., dijo Esther Peters. Acepté la invitación encantado. La familia está compuesta por Esther y su marido Abraham, tres de sus seis hijos, y un niño boliviano al que han acogido. La hija mayor vive en una cabaña cercana junto a su marido -que llegó a Bolivia más tarde- y dos hijos.

Esther (de espaldas), su hija menor Elisabeth y el sobrino de ésta, en el sala que hace de cocina, sala de estar y comedor de la cabaña principal. Aunque las paredes sean de tablones, llama la atención las comodidades y el suelo de baldosas.

Elisabeth, la hija menor, preparando el almuerzo.

Según me contaron, en EEUU hay incluso turismo organizado en torno a los Amish, algo de lo que la familia estaba más que harta. Así pues, abandonaron su comunidad de Tenesse y vinieron a Bolivia para buscar un lugar donde poder vivir en aislamiento. De eso hace ya más de una década.
Al principio abrieron un claro en la selva a golpe de machete y con el tiempo fueron construyendo la casa actual. Los trabajos de mejora no han cesado desde entonces. Cuando los visité, Abraham estaba intentando canalizar parte del río hacia un molino de madera para construir un aserradero que funciona con agua. Me lo explicó su mujer, ya que él era extremadamente poco comunicativo. -Él es así, tiene miedo de todo. Pero no crea que está enfadado con usted, me dijo Esther.

El misterioso Abraham cavando el canal que llevará el agua al molino.

Al preguntar sobre la presencia de animales en la zona, Jacob, el hijo mayor, de 17 años, exclamó: -Hay harto puma. Hace dos semanas cacé uno que llevaba días merodeando la casa. Efectivamente, colgada de una viga, había la piel, de unos dos metros de largo.
-Pero lo peor, continuó Jacob, son los chanchos de monte (una especie de jabalí muy agresivo). De esos hay hartísimos y son muy peligrosos. Si le pillan a uno lo cortan en pedazos.

Más tarde cuando iría con Esther y los niños al huerto, a un kilómetro de la casa, sabría más del asunto. ¿Qué pasaba con ellos?


Jacob, de 17 años, había cazado un enorme puma dos semanas antes de mi llegada. Sin embargo, este no era el mayor -ni mucho menos el único- peligro de la selva.

(*) Les recuerdo que los nombres son inventados.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Una familia amish en la selva. Primera parte.

Hogar de la familia en la selva. (Pinche la foto si quiere ampliarla)

"Yo solo puedo llevarle hasta aquí. Ahora cruce el río y avance en línea recta hasta llegar a la casa. Pero vaya con cuidado, tienen perros bravos." Estas fueron las últimas palabras del conductor de la moto con la que había llegado hasta allí. Habíamos atravesado muchos kilómetros de una de las selvas que hay en el norte de Bolivia. Primero usando las pistas de los leñadores y luego por dentro de la selva, zigzagueando entre los árboles y las palmeras. Cada tanto, pasábamos pequeños barrancos y riachuelos utilizando un tablón -que a duras penas era más ancho que la rueda- apoyado en precario equilibrio sobre los bordes de la senda.

Por suerte, los indígenas de la selva nunca se ponen nerviosos y al motorista no le temblaba el pulso lo más mínimo en el momento de cruzar.
Sin embargo, yo no estaba tan tranquilo. Hacía algo más de un mes que había salido de un hospital de Bolivia tras un gravísimo accidente en tierras menonitas que casi acaba conmigo. Todavía no me había recuperado de la pérdida de sangre y llevaba el brazo cosido y vendado hasta el codo. Si me caía allí, a varios días de un hospital, sería muy grave.

Muy inestable por el peso de la mochila grande a la espalda y la pequeña con la cámara en el pecho, me sujetaba con la mano izquierda a un saliente metálico de la moto. Parecíamos motoristas de Saigón.
Yo no paraba de repetirle al conductor "Vaya despacito por favor, que tengo el brazo derecho fregado -estropeado en boliviano- y no puedo sujetarme".

Al final no caímos gracias a la pericia y serenidad del motorista. Era todavía el primer gran viaje después de haber dejado el trabajo de astrofísico para correr aventuras, y no se puede negar que las había tenido. En los últimos meses había experimentado el conjunto de aventuras más grande que me haya ocurrido hasta el momento. Incluyendo su lado oscuro.

La cuestión es que allí estaba. Así que ahora "perros bravos", eh?
Me despedí del motorista, crucé el río y avancé en línea recta. Pasé una zona de vegetación densa y allí apareció la casa. Unas cabañas con paredes de madera y techos de hoja de palmera. Los perros bravos no podían estar lejos.
Para mis adentros pensaba que, aparte de esta familia, no vivía nadie más en muchos kilómetros a la redonda, y ciertamente los perros no estarían acostumbrados a las visitas. Además la familia ni siquiera sabía que yo venía. Así que, mientras avanzaba lentamente hacia la casa, iba gritando "¿Srs. Peters? (*) ¡Hola! ¿Hay alguien?" Con la esperanza de que los habitantes estuvieran fuera de la casa o salieran a tiempo de parar a los perros, caso que estos se alarmaran.
De repente, apareció uno de los perros y comenzó a correr hacia mi.
(*) Los nombres son ficticios y no puedo dar detalles del lugar. Este fue el acuerdo al que llegamos para preservar la intimidad y el aislamiento de la familia.

lunes, 30 de noviembre de 2009

La importancia de las formas

Troncos en la costa del estrecho de Magallanes. El entorno es un ambiente muy duro de roca esculpida por el viento y el agua helada. (Pinche la foto si quiere ampliarla)

Andaba yo por el extremo sur del continente americano, más al sur incluso que Punta Arenas. Trataba de llegar a los últimos asentamientos humanos, básicamente campamentos de pescadores, que hay en la XII región de Chile (*).

No es una z
ona de difícil acceso. Simplemente hay que tomar el asfalto que sale de Punta Arenas hacia el sur y luego seguir por unos caminos de tierra, hasta que la pista se termina. Luego se sigue a pie hasta donde se quiera llegar. Si uno alquila un automóvil la cosa es fácil. Pero a mi me pareció mucho más interesante hacer la parte de asfalto en autostop y luego la pista de tierra a pie. No pasa mucha gente por ahí, así que todavía se puede sentir lo desolado del lugar.

Más al sur que el último de los campamentos existen unas ruinas. Son absolutamente mínimas. Unas pocas piedras de los cimientos de lo que en su momento fue uno de los dos poblados más meridionales del mundo. Se trata de uno de los dos asentamientos que Pedro Sarmiento de Gamboa fundó nada menos que en 1584. En aquella época era todavía muy reciente el descubrimiento del estrecho de Magallanes y se intentaba impedir el control de la zona a los piratas, incluyendo al famoso Francis Drake. Los poblados se llamaron Nombre de Jesús y Rey Don Felipe. Los restos donde llegué corresponden al segundo de estos. Allí quedaron 300 pobladores que comenzaron la construcción de refugios y dieron inicio a plantaciones y cría de ganado para conseguir sobrevivir en un ambiente tan duro. Pensemos que en aquella época estos asentamientos estaban a meses de distancia de la civilización y realmente quedaban abandonados a su suerte.

Debido a una serie de acontecimientos, el asentamiento fue olvidado por la civilización. Tres años más tarde el pirata Thomas Cavendish encontró a los últimos supe
rvivientes de los que finalmente solo uno se salvó. La dureza del clima fue demasiada. Tanto para los colonos como para sus cultivos y animales. El pirata dio nuevo nombre al lugar: Puerto Hambre.

Un cartel oxidado indica que las últimas piedras que quedan son las ruinas de la iglesia que construyeron los colonos al inicio del proyecto:
"E hízose la iglesia de muy linda madera, alta y fuerte, y la capilla del altar mayor de piedra que todos trajeron a cuestas, y Pedro Sarmiento el primero, y el que más podía traer se tenía por más honrado, y lo mesmo al cortar y acarrear la madera; y téjose de buena paja de avena."

Me encantó el abandono de la zona. Realmente contrasta con el cercano Fuerte Bulnes -que está tot
almente reconstruido y parece nuevo- pero en mi opinión tiene mucha menos alma que esas simples piedras, medio enterradas y ocultas por la hierba y algunas flores del breve verano austral.

La hierba y las flores del breve verano austral cubren las rocas que en su día fueron cimientos del asentamiento Rey Don Felipe. Tras su trágico final pasó a llamarse Puerto Hambre.

Al poco rato vi en el horizonte un crucero de lujo con pasajeros millonarios que paseaban por la zona. No sé yo que sentirían esos pasajeros viendo la costa mientras se tomaban un café desde sus lujosos camarotes, pero creo que no los envidio en absoluto.
La forma en que nos afectan algunos lugares depende de lo que son, pero casi en mayor medida de la forma en que nos acercamos a ellos.

Un crucero de lujo pasa por la zona sin aparentemente prestar atención.

(*) Muy cerca de allí se encuentra un hito que indica que ese es el centro de Chile. ¿Alguno de ustedes sabe porqué?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El Calendario Cósmico

Si comprimiéramos toda la historia del Universo, desde su inicio hasta el presente, en un año de la Tierra, tendríamos lo que se conoce como el Calendario Cósmico. Así, el Big Bang sería el 1 de enero a las 0h i el momento presente sería el 31 de diciembre a las 24h. Esta idea fue popularizada por el astrónomo Carl Sagan y es tremendamente útil para hacerse una idea intuitiva de la dimensión temporal de las cosas.

Con los datos actuales (edad del Universo = 13700 millones de años) he confeccionado un Calendario Cósmico con algunos eventos terrícolas. Creo que ayudan a ver las cosas desde otra perspectiva, ¿no les parece?
  • 1 de enero a las 0h - Big Bang
  • 3 de septiembre - Formación de la Tierra
  • 30 de septiembre - Aparición de vida en la Tierra
  • 30 de diciembre a las 7h - Extinción de los dinosaurios
  • 31 de diciembre a las 23h:53m - Aparición del Homo Sapiens anatómicamente moderno
  • 31 de diciembre a las 23h:59.5m - Creación de las pinturas de Altamira
  • 31 de diciembre a las 23h:59m:59s - La era de los descubrimientos (Colon, Magallanes, etc.)
  • 31 de diciembre a las 23h:59m:59.9s - El Homo Sapiens llega a la Luna
Nota: Si les apetece situar otros acontecimientos en el Calendario Cósmico, sepan que la escala equivale a 434.4 años reales por cada segundo del Calendario; o 26065 años por minuto; o 37.5 millones de años por día.

sábado, 21 de noviembre de 2009

La autobiografía (no censurada) de Darwin

Supongo que a estas alturas no quedará nadie por enterarse. Este año ha sido el 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin y el 150 de la publicación de "El origen de las especies".
Las editoriales españolas han aprovechado la ocasión para reeditar algunos de los títulos del científico y las librerías se han llenado de nuevo con sus obras.

Esto sería estupendo si no fuera porque el afán de muchas de estas editoriales no ha sido promocionar la obra de Darwin, sino vender libros. Esto se ve muy claro en el caso de la "Autobiografía". Resulta que la autobiografía de Darwin, publicada póstumamente, fue censurada por su propia familia. Francis Darwin, uno de sus hijos, editó la obra siguiendo los consejos de Emma Wedgwood, viuda de Charles, que opinaba que su marido había escrito con demasiada libertad y quiso eliminar los fragmentos que pudieran ser polémicos.
No fue hasta 1958 que Nora Barlow, nieta de Darwin, publicó la versión original completa.

Las ediciones que encontramos en las librerías de España son muchas veces la versión censurada. Y lo peor es que este hecho no se indica en ninguna parte del libro, algo que me parece una tremenda falta de respeto hacia el lector.
Es más, sí que se incluye el prólogo de Francis Darwin indicando que se han hecho ediciones menores para preservar detalles íntimos de la vida familiar sin interés para el lector. Sin embargo, las omisiones nada tienen que ver con esto, sino con las críticas que Darwin escribió contra la religión en general y contra el cristianismo en particular.

Pues bien, esta entrada es para dos cosas. La primera, felicitar a la Universidad Pública de Navarra y a la editorial Laetoli, que ha creado una colección llamada Biblioteca Darwin, que reunirá todos los libros del científico, la mayoría nunca publicados en España (¿alguien se extraña de esto último?).
La segunda cosa es recomendarles a todos ustedes que lean su edición de la autobiografía, realmente merece la pena. En ella descubrimos a un Darwin muy simpático -casi juerguista- que nos narra muchas anécdotas interesantísimas. Uno queda impresionado ante la meticulosidad de sus investigaciones y de su infinita paciencia de recolector y analista minucioso de datos durante literalmente décadas.

Si lo desean también pueden conseguir toda la obra de Darwin en versión original inglesa y de forma gratuita en Darwin Online.

Buen provecho.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Administrativa con buen dominio del inglés busca trabajo

Marilo y Amber son madre e hija. Ambas tienen cancer y han sido fotografiadas por Tino Soriano. Tino es un fotógrafo catalán del National Geographic que destaca por su empatía y humanidad. Sus trabajos sobre el cáncer infantil siempre muestran la esperanza y las reacciones de superación de las personas que se encuentran en un momento tan difícil.

En esta lucha se encuentran Marilo y Amber. Por culpa de la enfermedad están en una situación económica delicada. Por eso Marilo busca empleo de administrativa, campo en el que tiene más de una década de experiencia y un dominio perfecto del inglés. Pueden contactar con ella (vive en Barcelona y ya se encuentra en perfectas condiciones para trabajar) en el siguiente e-mail:

La red tiene unos poderes fantásticos a la hora de difundir información. Así que será de mucha utilidad que ustedes envíen este enlace del blog de Tino a sus contactos o que lo publiquen en su blog. Gracias.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Música para escuchar bajo la Vía Láctea

Vía Láctea en un pueblo abandonado del Altiplano chileno. Puede pinchar la foto para ampliarala.

Es difícil poner en palabras lo que puede llegar a sentirse cuando se contempla la Vía Láctea en una noche realmente oscura y en la más absoluta soledad. Especialmente cuando se comprende algo de lo que se está viendo y se intenta imaginar su magnitud.

En próximas entradas voy a intentarlo. Pero hoy solo les recomendaré que escuchen esta pieza de música de Bach.

Coro final de "La Pasión según san Mateo" de J. S. Bach.




La música tiene una facilidad asombrosa para provocarnos emociones y creo que esta pieza pueda ser útil a este respecto. Aunque se compuso en honor a lo que para mi es una más de las mitologías que ha generado nuestra especie, los sentimientos que tenía su autor probablemente eran tan sublimes y sinceros como los que puedan sentirse bajo algo tan real como nuestra querida Vía Láctea.

¿Cómo sería un himno a la Vía Láctea?


Nota: Ahora mismo mis coordenadas geográficas coinciden con las de algún punto del Océano Atlántico. Para situarme completamente hace falta una cuarta coordenada -tercera espacial- que indique mi altitud respecto, por ejemplo, al nivel promedio del mar en la costa de la ciudad de Alicante. Pero esto ya no lo sé seguro. Puedo estar a unos 12.000 metros sobre aquel o a unos 4000 metros por debajo. La primera opción es la más probable. Y yo espero que sea así. Pero sino, esta entrada va a salir en los periódicos y el blog va a despegar de una vez. Un poco demasiado tarde...

Esta vez me llevo un pequeño y barato netbook para descargar e ir editando las fotos. Sino se me acumulan todas al regreso y no doy abasto. También me servirá para ir preparando entradas así que no se olviden de este pequeño cuaderno. En unos días ya les contaré a donde voy.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Lluvia en el Sahara. Visita a un oasis de Túnez.

Oasis de Ksar Ghilane (pinche la foto si quiere ampliarla)

Hace unos días que he regresado de un viaje de tres semanas por Túnez. Como hay bastantes cosas para ver, decidí hacer un recorrido general del país, reservandome un día para cada lugar que, a priori, me parecía interesante. Algunas veces lo era, otras no.

Uno de los días, cerca de la luna nueva, lo reservé para ir a pasar la noche en un oasis del margen norte del Sahara. Tenía intención de hacer paisajes nocturnos con la Vía Láctea, una de mis obsesiones. Llegué por la tarde y el cielo estaba muy cubierto. Por suerte, al llegar el Sol cerca del horizonte, encontró un pequeño hueco entre las nubes que le permitió iluminar las dunas de arena, ofreciendo una oportunidad para sacar alguna foto medianamente aceptable.

Detalle de luces y sombras en las dunas

Explorando los alrededores encontré un pequeño escarabajo que había emergido del interior de una duna. Me acordé de un documental sobre el desierto de Namibia que había visto hace años, en el que aparecía un escarabajo igual exponiendo su cuerpo a la niebla matutina para beber el rocío que resbalaba por su cuerpo. Luego también me acordé que hay unas serpientes con cuernos, muy venenosas, que viven enterradas en la arena.

Escarabajo surgido del interior de la duna. Fíjense que las huellas surgen del agujero. (Puede ampliar la foto pinchándola)

Continué caminando intentando no hundir mucho los pies para no encontrar ninguna serpiente. Como no tenía ganas de perderme, cada vez que llegaba a lo alto de una duna miraba hacia atrás para no perder de vista el oasis. Así hice la primera foto de la entrada.
En una hora llegué a unas ruinas de un fuerte romano del siglo II, cuando el Imperio Romano dominaba el norte de África. Un conjunto bastante impresionante y que con una puesta de Sol despejada sería mucho más impactante.

Ruinas romanas del siglo II

Comenzó a oscurecer y el cielo seguía cubierto. Ya de noche se puso a llover y tuve que abandonar la idea de las fotos astronómicas. De todas formas me fui levantando durante la madrugada para ir comprobando el estado del cielo. La lluvia cesó y aparecieron algunos claros, pero no lo suficientemente extensos como para hacer algo de interés. Otra vez será.

Que llueva en el Sahara no es tan extraordinario. Al menos en alguna de sus partes. Según el USGS un desierto es una zona con una precipitación menor que 250mm anuales. El promedio del Sahara es de 25mm anuales, con puntos -sobretodo en el centro- en los que no se llega ni a los 5mm. Es decir que es un desierto de sobras. Pero en los margenes sur y norte llueve bastante más y, técnicamente, si se superan los 250mm esos puntos son estepa sahariana.

No sé la precipitación anual del lugar donde me encontraba, pero los señores con turbante que estaban por ahí no parecían extrañados. De hecho les pregunté y me dijeron que era relativamente normal que lloviera allí. A parte de dunas de arena había también grandes extensiones con matojos medio secos, prueba de que algo de agua sí que reciben.
Por la mañana había dejado de llover y estaba todo envuelto en una ligera niebla. No vi ningún escarabajo bebiéndosela, pero igualmente fue bastante bonito.

Niebla matutina tras la lluvia de la noche.

Marcas de la lluvia en la arena

jueves, 5 de noviembre de 2009

Este viernes a las 19h Manel Soria nos presenta en el IEC de Barcelona sus espectaculares fotografías nocturnas

Foto © Manel Soria Diseño del cartel © Albert Buendía

Mañana viernes, el excelente fotógrafo y amigo Manel Soria realizará una conferencia titulada "Les llums de la nit". El acto tendrá lugar en la Societat Catalana de Fotògrafs de Natura, del prestigioso Institut d'Estudis Catalans.

Manel tiene varias vidas paralelas. En una de ellas, llevada a la red a través de su famoso doctor Frikosal, se dedica a fotografiar paisajes bajo espectaculares cielos estrellados. Aunque no sea la única persona que hace esto, sí que es una de las mejores. Sin ir más lejos, la pasada semana una de sus imágenes fue seleccionada por la NASA como foto astronómica del día (APOD), algo que no es nada fácil de conseguir.


La fotografía no es la profesión de Manel. Él se dedica a una cosa mucho más complicada y lo hace a un nivel tal que universidades de todo el mundo se lo disputan para invitarle a dar cursos. Durante esas breves visitas a países remotos, Manel saca tiempo de debajo de las piedras para lanzarse a conocer las maravillas naturales que más le atraen. Pese a disponer de tan poco tiempo, sus imágenes son mejores que las de muchos fotógrafos profesionales que disponen de semanas o meses. Por tanto, les recomiendo que asistan a esta cita. No se arrepentirán. Yo voy a asistir muy ilusionado y dispuesto a disfrutar de sus imágenes y su charla. Aquí pueden ver una pequeña muestra de sus paisajes nocturnos.

Datos del evento:
Autor: Manel Soria
Título: "Les llums de la nit"
Lugar: Societat Catalana de Fotògrafs de Natura (Institut d'Estudis Catalans)
Dirección: Carrer del Carme, 47, Barcelona
Fecha y hora: Viernes 6 de noviembre de 2009 a las 19h

domingo, 1 de noviembre de 2009

El Gran Terremoto de Lisboa y el mejor de los mundos posibles

Ruinas de la Igreja do Carmo, en el centro de Lisboa.

En su obra Cándido, Voltaire nos cuenta las aventuras de un joven, Cándido, y su mentor, un filosofo llamado Pangloss. Este último es una parodia de Leibniz, fundador de la corriente filosófica que afirmaba que el mundo real era el mejor de los mundos posibles, por algo había sido creado por el buen Dios.

En sus viajes, Cándido y Pangloss llegan a Lisboa y presencian el Gran Terremoto de 1755:

“Torbellinos de llamas y cenizas cubrieron calles y plazas; las casas se derribaron, removidas en sus cimientos, y bajo sus ruinas perecieron treinta mil seres humanos de todas edades y condiciones. Y decía Pangloss: -¿Cuál puede ser la razón suficiente de este fenómeno? [...] Ya os he dicho que las cosas no podían pasar de otra manera; ni ser mejores de lo que eran.”

Informes de aquella época nos cuentan que muchos supervivientes se concentraron en los espacios abiertos, cerca del puerto, y observaron como las aguas se retiraban dejando los barcos tumbados sobre el fondo. Al cabo de unos 40 minutos una gigantesca ola, un tsunami, entro con tal fuerza y velocidad que las personas que intentaban escapar a caballo, debían hacerlo galopar hasta el máximo de sus posibilidades para poder escapar. Sismólogos actuales han estimado la magnitud del terremoto en 8.7 en la escala de Richter.

Teólogos y filósofos se vieron en problemas para encajar tan terrible suceso en su mejor de los mundos posibles. Había ocurrido el día de Todos los Santos (hoy se cumplen 254 años) y la mayoría de las iglesias habían caído aplastando a los fieles que se refugiaban en su interior. Por el contrario, el rey José I había partido de la ciudad con su familia justamente esa misma madrugada y se habían salvado de la desgracia.*

Actualmente las ruinas de la Igreja do Carmo permanecen como testigo de tal suceso en el barrio de Chiado. Solamente se salvaron los barrios de Alfama y Castelo. Lisboa se reconstruyó rápidamente y de forma sábia gracias al Marqués de Pombal. Pero esto será tema de otro día.

(*)
Como consecuencia de esta catástrofe, José I desarrolló una claustrofobia severa que le hizo vivir, por el resto de su vida, en un campamento de tiendas en una ladera cerca de la ciudad. Es casi como si Juanca se fuera a vivir al camping "La Ballena Alegre".

jueves, 22 de octubre de 2009

La pequeña Cristina de Bucarest

Cristina en el coche donde vive con su madre. (Pinche la foto si quiere ampliarla)

Conocí a Cristina cuando iba a toda prisa hacia el aeropuerto, en los últimos minutos de un viaje por Rumania y Ucrania. Apareció corriendo y se interpuso en mi trayectoria, sonriente y extendiendo su mano pidiendo limosna. Yo le devolví el gesto. Entonces ella se puso la mano en el bolsillo y me dio una moneda. Tras deshacer el nudo de mi estomago y recoger los pedazos de corazón del suelo, le di lo que me había sobrado del viaje, desgraciadamente solo calderilla, dejando lo justo para el billete de bus al aeropuerto.

Usando una de las pocas frases que había aprendido de rumano, le pregunté su nombre. “Cristina”, respondió ella. Entonces me dijo que viniera y me enseñó el coche donde vivía. Había una mujer durmiendo, que supuse sería su madre. Al menos no era uno de los niños abandonados que viven en la calle y pasan el día oliendo pegamento. En el suelo del coche había cartones de leche y otros envases de comida. Entonces me regaló esta foto, en la que juega a esconderse tras el marco de la ventana del coche.

Estaba ya en el límite de perder el avión así que tuve que continuar el camino corriendo.

jueves, 15 de octubre de 2009

Chica en un banco con los ojos cerrados

Chica en un banco con los ojos cerrados (Pinche la foto si quiere ampliarla)

Budapest, hace unos diez años. Pequeño instante decisivo, en que la chica cierra los ojos. ¿Dónde estará ahora?

domingo, 11 de octubre de 2009

El lado oscuro de las aventuras

Antes de hacerme fotógrafo me encantaba leer las entrevistas a fotógrafos del National Geographic. Eran los más aventureros y les pasaba de todo. Incluso esa institución hizo un documental sobre estos personajes con una imagen tan romántica. Yo era el primero en mitificarlos y soñaba con un día poder hacer lo mismo y correr mil aventuras por países exóticos.

Aunque yo no sea fotógrafo del National Geographic, hace tres años que paso la mayoría del tiempo viajando. Puedo asegurar que las aventuras ocurren, pero también que son mucho menos agradables vividas en carne propia que imaginadas a posteriori sobre otra persona viva y en buenas condiciones.

Pero como sé que a veces puede ser emocionante escuchar este tipo de cosas, les diré que he estado en serio peligro en varias ocasiones. Ahora mismo me vienen a la cabeza tres ejemplos bastante espectaculares. Incluso en uno de ellos, tuve que firmar el permiso de repatriación de mi propio cadáver frente a un cónsul de España que vino a verme al hospital. También es cierto que, una vez ha pasado el peligro, las cosas se ven de forma distinta. Por eso continuo viajando.

Escribo esto porque si no ha habido algún atraso, ahora mismo estoy despegando del aeropuerto de Barcelona. Siguiendo el ejemplo del egregio doctor Frikosal, he dejado al robot como responsable del blog. Él ha subido esta entrada y seguirá haciéndolo con la misma frecuencia habitual, hasta que dentro de unas semanas yo regrese (esperemos que no en una caja de pino). Creo que podré responder sus comentarios desde donde me encuentre, pero no puedo asegurarlo. Si no vuelven a saber de mi ya pueden sospechar porqué. En ese caso, espero sepan disculpar que no me ocupe del blog. La próxima entrada está programada para el próximo jueves.

Nota: Esta entrada no tiene foto, porque a diferencia de otros, yo no tengo la fotografía muy adentro.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Vidas espirituales de color azafrán. Mi reportaje sobre los jóvenes novicios budistas de Laos en la revista Lonely Planet Magazine

Seng en su habitación del Wat Souvannakhily (Pinche la foto si quiere ampliarla)

Seng lleva cuatro años como novicio en un templo de Luang Prabang, Laos. Acaba de cumplir los 20 años y ha llegado el momento de decidir si va a hacerse monje. Le comento que al ver el póster de su habitación, me parece que no va a hacer los votos. Seng ríe y dice -No sé, no sé...

Este mes de octubre, la revista española Lonely Planet Magazine dedica diez páginas a mi reportaje sobre la vida cotidiana de los jóvenes novicios budistas de Laos. El número está dedicado a Laos y Camboya y contiene muchos otros reportajes.

viernes, 2 de octubre de 2009

No tomarás el nombre de National Geographic en vano

El brillo de la Luna ilumina las nubes de la cima del cerro Fitz Roy, en la Patagonia.

Hace unos días hablé de los 10 mandamientos de la fotografía. Tras reconocer que yo mismo me salto la mayoría -en realidad no creo en ellos- también expresé mi respeto por el segundo: “No tomarás el nombre de National Geographic en vano”.

He admirado esta revista desde que era muy pequeño. La enorme calidad de sus fotos y el hecho de mostrarnos lugares inexplorados era el principal motivo. Parecían moverse en otra dimensión. Sus fotógrafos solían pasar incluso más de un año trabajando el tema. No importaba la rentabilidad, solo la calidad. En la actualidad, todavía existen algunos reportajes para cuya realización sus fotógrafos han dedicado más de un año, pero ya no es la norma. No obstante sigue siendo la mejor revista y la calidad es impresionante. Cuando conseguí publicar en la edición norteamericana me hizo una ilusión enorme. Era como contribuir en ese proyecto tan gigantesco.

Tino Soriano, quien trabaja mucho con ellos, comentaba en este blog que sabe de muchos fotógrafos que, falsamente, se atribuyen colaboraciones inexistentes con la revista. Esto es una forma de incumplir el segundo mandamiento. Hay otras. Por eso escribo esta entrada.

Estos días se está emitiendo en TV un anuncio de ambientadores Ambi Pur que ofrece aromas de National Geographic. Mi primera reacción fue ¿Qué hace NG anunciando ambientadores? Supongo que es la crisis que aprieta muy fuerte. Pero, ¿no hay otras formas de mantenerse a flote? Sentí pena al ver ese anuncio. Tuve la sensación de estar presenciando la violación de algo sagrado. Como si se estuviese prostituyendo un prestigio que ha costado más de un siglo de trabajo bien hecho.
Hay miles de personas trabajando en National Geographic y supongo que es imposible controlar que todos ellos quieran sinceramente a la institución. Me parece que alguien de marketing cree que National Geographic es “una marca” o “un producto”. Algo que hay que explotar.

No sé, tal vez soy un exagerado y un sentimental. ¿A alguien más le incomodan estas cosas?

martes, 29 de septiembre de 2009

Métodos tradicionales bajo la modernidad del Central District de Hong Kong

Vista nocturna de Central y Victoria Bay desde Victoria Peak. (Pinche la foto para ampliarla)

El Central District de Hong Kong aparenta ser un paradigma de modernidad. Una de las mejores formas de apreciarlo es desde Victoria Peak. La vista por la noche es espectacular y ciertamente parece una ciudad del futuro. Pero si uno pasa unos días y se fija un poco en los detalles, se dará cuenta de que bajo esa modernidad se esconde todavía la tradición.

He aquí un pequeño ejemplo: Uno de los rascacielos menores está cubierto por un Gulliver que anuncia unos calzoncillos muy caros. Si nos fijamos en el sobaco del individuo vemos que hay unos liliputienses con casco amarillo (amplie la foto). Estos operarios están construyendo un andamio que envuelve todo el edificio.

Enorme andamio envolviendo a Gulliver. (Pinche la foto para ampliarla)

El andamio ha sido montado en menos de dos días (tengo fotos que lo prueban). Pero lo que quiero hacer notar es que éste, aunque parezca imposible, está hecho de miles de... ¡cañas de bambú!

Una mirada más cercana revela la verdadera naturaleza del andamio: Miles de cañas de bambú. (Pinche la foto para ampliarla)

jueves, 24 de septiembre de 2009

Las aventuras de un profanador de tumbas (segunda parte)

Cementerio de un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme.

En la primera parte revivimos las visitas nocturnas a cementerios del joven Vesalius. Como ya les confesé, un servidor también es aficionado a este tipo de excursiones. Así que hoy me dispongo a relatarles lo que ocurrió en la última de ellas.

Hace unas semanas, tuve el honor de ser invitado a pasar unos días en el castillo del doctor Frikosal. Una tarde, durante una excursión por la comarca en compañía del doctor y su encantadora familia, todas las alarmas de mi detector de cementerios saltaron simultáneamente. Unas cruces sobresalían en lo alto de una colina. Sin poder apartar la mirada de aquellas, conducimos a toda prisa hasta llegar a la entrada. Era un lugar ciertamente precioso. Tanto como un cementerio pueda serlo. Una hermosa pared de piedra hacía de límite del recinto y un arco con una verja de hierro servía de entrada. La verja estaba cerrada y tenía un pasador. No obstante, una gran alegría se apoderó de mi cuando vi que no había candado. Era evidente que debíamos regresar por la noche. Planteé el tema y, tras algunas dudas, el doctor propuso regresar en mi coche. El suyo es bien conocido en toda la comarca y su sola presencia levantaría sospechas. La ausencia de reacción en la familia del doctor me indicó que ya estaban habituados a observar comportamientos excéntricos. Ahora el único problema era el cielo, que estaba demasiado cubierto. ¿Se despejaría a tiempo?

Tras la excursión, que incluyó un baño en un río la calidad de cuya agua me abstendré de calificar, regresamos al castillo a cenar. Algo más tarde, ya entrada la noche, observé que el cielo se había despejado. Era el momento.

Vía Láctea sobre el cementerio.

El doctor y un servidor conducimos de nuevo hacia el cementerio. Por el camino discutimos sobre las diferentes estrategias
para pasar desapercibidos. Frikosal había traído un pequeño álbum fotográfico como justificante en caso de que las cosas se pusieran feas. Al cabo de un rato ya estábamos en pie frente a la verja. Había que abrirla con cuidado ya que el menor ruido podría alertar a la población local (se entiende a los vivos de fuera del cementerio). La puerta chirriaba bastante, como corresponde, y los aullidos de un perro a lo lejos, que por momentos parecía un lobo, daban mayor atmósfera al momento. Por suerte, se celebraba una fiesta en el pueblo, así que la gente estaba distraída.

Al entrar en el recinto el viento soplaba hacia el exterior y daba la sensación que al abrir la puerta se había perturbado la calma que reinaba unos minutos antes. Buscamos algunos puntos de vista sugerentes para las fotos. Pero la sencilla composición formada por la vista frontal de la serie de tumbas funcionaba perfectamente.

Al principio nos movíamos tímidamente. En la oscuridad temíamos un tropiezo que nos hiciera caer sobre un terreno que presumíamos no muy firme y lleno de huesos. Al cabo de una hora aproximadamente, comenzamos a oír una multitud gritando en las afueras del pueblo. El doctor estaba convencido de que la multitud exaltada venía a lincharnos. Tras unos segundos de dudas me dirigí a la puerta. No se veía a nadie. Al parecer los gritos formaban parte de la fiesta del pueblo.


La noche siguió sin más problemas. El doctor, que al principio se mostraba reticente a entrar, acabó sintiéndose muy cómodo tumbado en el suelo entre las lápidas para conseguir un buen ángulo para sus tomas, y casi hubo que llevárselo a rastras.

Cuando ya nos marchábamos, realicé unas últimas fotos de la entrada. Al final resultaron ser estas las más interesantes. En efecto, a la mañana siguiente, tras procesar las fotos, descubrimos una cosa un tanto misteriosa. Un ser semitransparente parece no atreverse a cruzar el dintel de la entrada ¿Tal vez un espíritu se despedía de nosotros? Juzguen ustedes. Pero no recuerdo exactamente si esto último fue así. Será mejor que comprueben la versión de Frikosal.

¿Acudiría un espíritu a despedirse de nosotros?

domingo, 20 de septiembre de 2009

Las aventuras de un profanador de tumbas (primera parte)

Cementerio de un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme. (Pinche la foto para ampliarla)

Aunque el título promete, no se si el relato va a estar a la altura. Pero lo cierto es que las historias que todavía se cuentan en las calles cercanas a los antiguos cementerios de París, Lovaina y Padua son, por lo menos, algo inquietantes.
Algunas noches, en tabernas de mala muerte, se escucha algún viejo borracho comentar historias transmitidas durante generaciones, referentes a las acciones de un joven estudiante de medicina llamado Andries van Wesel, que pasaría a la posteridad con el nombre de Andreas Vesalius.

Durante buena parte de la Edad Media, la disección de cadáveres humanos estaba totalmente prohibida, perseguida y castigada por la Inquisición. Los médicos únicamente podían aprender la anatomía humana mediante suposiciones a partir de la disección de animales no humanos. No fue hasta el inicio del Renacimiento que unas pocas ciudades-estado decidieron permitir la disección de algunos cadáveres por año, procedentes de criminales ejecutados. Sin embrago no era suficiente. Vesalius estaba sediento de conocimientos y tenia que hacer algo para progresar en sus investigaciones.

Pero más que relatar sus acciones, creo que será mejor que el propio Vesalius nos cuente lo que, secretamente y con gran riesgo para su vida, hacía para aprender. Recordando sus primeros años como estudiante y luego como joven médico, Vesalius escribió:

“En este momento, no pasaría de buena gana largas horas en el cementerio de los Inocentes en París revolviendo huesos ni iría a buscarlos a Montfaucon, donde de una vez, con un compañero, numerosos perros salvajes me pusieron en grave peligro. Tampoco tendría ganas de que me dejaran fuera de [la Universidad de] Lovaina para, solo en medio de la noche, poder llevarme huesos de ahorcados para preparar un esqueleto […] ni aconsejaré a los estudiantes de medicina que observen dónde han enterrado a alguien. No guardaré en mi dormitorio durante varias semanas cuerpos tomados de las tumbas [...]. Sin embargo, demasiado joven para obtener dinero de mi profesión y deseando aprender y avanzar en nuestros estudios comunes, soporté de buena gana y alegremente todas estas cosas.”

Tengo que confesar que, de vez en cuando, yo también acudo por las noches a los cementerios. He adquirido cierta experiencia internacional, habiendo profanado en multitud de países. En esta ocasión fui a un cementerio junto al amigo MS, con quien comparto la obsesión por fotografiar paisajes con cielos estrellados. Lo que ocurrió esa noche se lo contaré en la segunda parte de esta entrada.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Las ¡motorbike! de ciudad Ho Chi Minh

Enjambre de motociclistas. Como en muchos países asiáticos la gente tiene cierta afición a llevar mascarilla por la calle.

Las calles de ciudad Ho Chi Minh, la antigua Saigón, parecen un hormiguero humano. Viven siete millones de personas que se desplazan en quinientos mil automóviles, algunos autobuses y, sobre todo, los cerca de cuatro millones (!) de motocicletas.

Las motocicletas son mucho más asequibles que un automóvil o camioneta, así que la mayoría de personas las utiliza para llevar carga.

Familia de seis miembros todos en la motocicleta.

Los moto-taxistas esperan clientes en cada rincón. Cuando ven a un extranjero gritan ¡motorbike!. En muchas partes del país son terriblemente pesados, e incluso te siguen por la calle preguntando “Where do you go?”.

En esta foto me acerqué con sigilo para que no me ofrecieran sus servicios. Sorprende el gran equilibrio para dormir sobre la moto, cosa que también he observado en otros países asiáticos.

Otro de los momentos en lo que es posible acercarse sin “peligro” a los “temibles” moto-taxistas.

Vietnam es uno de los países en que peor se conduce de todo el mundo. Creo que el adjetivo más adecuado es suicida. Prevalece la ley del más fuerte y los camiones y autobuses van a toda velocidad por las carreteras, sin ningún miramiento. Cuando se encuentran un pelotón de motos y bicis no frenan. Con el claxon permanentemente funcionando embisten contra la masa que, casi siempre, se aparta a tiempo. Obviamente el nivel de accidentes de tráfico es brutalmente elevado. Por eso el gobierno se ha puesto serio y obliga a utilizar el casco bajo amenaza de fuertes multas. Aún así hay unos 12.000 muertos al año. (A modo de comparación, en España son algo más de 2.000 en una población que es la mitad aproximadamente). Con las medidas del gobierno, poner una tienda de cascos en Ho Chi Minh es negocio asegurado. Efectivamente, se encuentran bastantes de estas tiendas dedicadas exclusivamente a la venta de estos accesorios.

Las gorras que se ven en la foto (en el espejo) son también cascos con diseño muy original.

Por la noche la gente sale de fiesta en la moto.

En las grandes avenidas, los semáforos se respetan bastante.

En una ocasión alquilé los servicios de uno de estos motoristas para ir a un pueblo a más de 30km de distancia. Pasé muy mal rato con las ruedas de los camiones pasando a dos palmos de nuestras caras. Por el camino vimos un accidente con una camioneta volcada. Íbamos a las 4 de la madrugada porque quería evitar el tráfico suicida de horas menos intempestivas y porque tenía planeada una foto muy especial antes de la salida del sol. Pero de esto les hablaré otro día.