Viene de la primera parte.
Debido a la época del año y a la elevada latitud, amanecía muy tarde, anochecía muy temprano y el Sol no subía mucho en el horizonte, ni siquiera al mediodía. Los crepúsculos parecían eternos, pero cuando finalmente acababan yo no podía dejar de envidiar al resto de animales, capacitados como estaban para aguantar las noches a la intemperie.
Observaba a los renos escarbar en la nieve para alcanzar los líquenes de los que se alimentan, y me daba cuenta de su capacidad para adentrarse en aquellos paisajes de bosques infinitos, sin necesidad de llevar la comida ni tampoco abrigo, cubiertos como estaban por su denso pelaje.
La mayoría de renos tienen miedo de las personas, pero con este pasé mucho rato y al final nos hicimos amigos. Aquí me enseñaba como se hace para conseguir líquenes para comer.
Nosotros los humanos, por tener manos y un cerebro mejor, pagamos el precio de una mayor debilidad de nuestros cuerpos tal y como vienen de fábrica. A parte de ser pésimos atletas comparados con la mayoría del resto del reino animal, no estamos preparados para vivir en la intemperie, al alcance de los elementos meteorológicos, cosa que me hace especial rabia ya que muy a menudo, al contemplar paisajes como estos me entran ganas de lanzarme a explorarlos sin equipaje.
Así pues, mi cerebro me aconsejó buscar una cabaña para pasar la noche. Por suerte, en esa época del año fue muy sencillo encontrar una cabaña entera, con cocina y sauna privada, toda para mi disfrute y comodidad. Acostumbrado como estoy a viajar de forma austera, me sentí como un rey, rodeado de lujos y comodidades. Me felicité por la situación inesperada en la que había terminado, cenando caliente y viendo nevar por la ventana.
Continuará...
Debido a la época del año y a la elevada latitud, amanecía muy tarde, anochecía muy temprano y el Sol no subía mucho en el horizonte, ni siquiera al mediodía. Los crepúsculos parecían eternos, pero cuando finalmente acababan yo no podía dejar de envidiar al resto de animales, capacitados como estaban para aguantar las noches a la intemperie.
Observaba a los renos escarbar en la nieve para alcanzar los líquenes de los que se alimentan, y me daba cuenta de su capacidad para adentrarse en aquellos paisajes de bosques infinitos, sin necesidad de llevar la comida ni tampoco abrigo, cubiertos como estaban por su denso pelaje.
La mayoría de renos tienen miedo de las personas, pero con este pasé mucho rato y al final nos hicimos amigos. Aquí me enseñaba como se hace para conseguir líquenes para comer.Nosotros los humanos, por tener manos y un cerebro mejor, pagamos el precio de una mayor debilidad de nuestros cuerpos tal y como vienen de fábrica. A parte de ser pésimos atletas comparados con la mayoría del resto del reino animal, no estamos preparados para vivir en la intemperie, al alcance de los elementos meteorológicos, cosa que me hace especial rabia ya que muy a menudo, al contemplar paisajes como estos me entran ganas de lanzarme a explorarlos sin equipaje.
Así pues, mi cerebro me aconsejó buscar una cabaña para pasar la noche. Por suerte, en esa época del año fue muy sencillo encontrar una cabaña entera, con cocina y sauna privada, toda para mi disfrute y comodidad. Acostumbrado como estoy a viajar de forma austera, me sentí como un rey, rodeado de lujos y comodidades. Me felicité por la situación inesperada en la que había terminado, cenando caliente y viendo nevar por la ventana.
Continuará...











