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martes, 18 de enero de 2011

Viaje a Laponia finlandesa. El bosque que no se acababa nunca y la envidia de los otros animales. Segunda parte.

Viene de la primera parte.

Debido a la época del año y a la elevada latitud, amanecía muy tarde, anochecía muy temprano y el Sol no subía mucho en el horizonte, ni siquiera al mediodía. Los crepúsculos parecían eternos, pero cuando finalmente acababan yo no podía dejar de envidiar al resto de animales, capacitados como estaban para aguantar las noches a la intemperie.


Ni al mediodía el Sol sube demasiado sobre el horizonte.

Observaba a los renos escarbar en la nieve para alcanzar los líquenes de los que se alimentan, y me daba cuenta de su capacidad para adentrarse en aquellos paisajes de bosques infinitos, sin necesidad de llevar la comida ni tampoco abrigo, cubiertos como estaban por su denso pelaje.

La mayoría de renos tienen miedo de las personas, pero con este pasé mucho rato y al final nos hicimos amigos. Aquí me enseñaba como se hace para conseguir líquenes para comer.

Nosotros los humanos, por tener manos y un cerebro mejor, pagamos el precio de una mayor debilidad de nuestros cuerpos tal y como vienen de fábrica. A parte de ser pésimos atletas comparados con la mayoría del resto del reino animal, no estamos preparados para vivir en la intemperie, al alcance de los elementos meteorológicos, cosa que me hace especial rabia ya que muy a menudo, al contemplar paisajes como estos me entran ganas de lanzarme a explorarlos sin equipaje.

Los eternos crepúsculos de Laponia en invierno.

Así pues, mi cerebro me aconsejó buscar una cabaña para pasar la noche. Por suerte, en esa época del año fue muy sencillo encontrar una cabaña entera, con cocina y sauna privada, toda para mi disfrute y comodidad. Acostumbrado como estoy a viajar de forma austera, me sentí como un rey, rodeado de lujos y comodidades. Me felicité por la situación inesperada en la que había terminado, cenando caliente y viendo nevar por la ventana.

Vista sobre un lago helado que había junto a mi cabaña.

Continuará...

domingo, 19 de diciembre de 2010

El bosque que no se acababa nunca y la envidia a los otros animales. Primera parte.

Esto no es una pista de esquí sino una carretera.

En un viaje que hice por Finlandia, alquilé un coche en un pueblo ya al norte del círculo polar ártico para recorrer Laponia a mis anchas.

Era mediados de noviembre y todo estaba cubierto de nieve. Sin embrago, siendo Finlandia un país tan civilizado y avanzado, yo esperaba que un ejercito de quitanieves mantendría todas las carreteras impecables.

Pero no fue así. Con temperaturas de entre 10 y 20 grados bajo cero y frecuentes nevadas, no es posible mantener las carreteras libres de nieve y hielo. De hecho, es típico que los coches vayan equipados con neumáticos de clavos.

Así pues, conduciendo por unas carreteras que más bien parecian pistas de esquí, fui yendo hacia el norte con la mente dispuesta a disfrutar de todo lo que iba a descubrir.

Los encuentros con renos fueron bastante frecuentes pero lo que me sorprendió más fue que tras una semana conduciendo más de mil kilómetros, no conseguí salir del mismo bosque dentro del que había comenzado la ruta.


En los puntos elevados pude ver millones de árboles que se extendian en todas direcciones hasta el horizonte. Era un monotono pero bellisimo paisaje.

Continuará ...