Nota: Si no lo ha hecho todavía, le aconsejo que lea la primera parte.
Por suerte, tras el perro apareció una mujer que lo detuvo con solo llamarlo. Yo respiré aliviado. -La Sra Esther Peters, supongo..., pregunté al tiempo que recordaba el episodio de Henry Morton Stanley y David Livingston. -Así es, respondió ella. -Hola, me llamo Jordi Busqué y vengo de parte de su amiga Aganetha Kropp. Aganetha (*) es una chica amish que vive con su hermana y algún otro familiar, a más de una semana de viaje río arriba en canoa. Al parecer el lugar es un auténtico paraíso, totalmente aislado del mundo, donde los jaguares y otros animales campan a sus anchas, sin nadie que los moleste. Esta chica puede pasar casi un año seguido aislada en la selva. Lo habitual es que cada seis u ocho meses haga un breve paréntesis para visitar la civilización y ver a algunos amigos y parientes durante unos días o semanas. Fue entonces cuando la conocí, una gran suerte teniendo en cuenta el poco tiempo que pasa en la civilización. Tanto aislamiento puede ser peligroso, me pareció. Ella me comentó que, a parte de toparse con animales peligrosos, en una ocasión había enfermado de forma muy grave -probablemente de malaria, aunque ella no sabe qué es eso- y que, cuando ya estaba a punto de morir, sus familiares fueron en busca de una curandera indígena que le dio un remedio a base de plantas de la selva que, al parecer, le salvo la vida.
Mi idea inicial era ir a ese remoto lugar, pero tras el accidente no estaba en condiciones de correr tantos riesgos y además había perdido demasiadas semanas ingresado y haciendo reposo y me quedaba menos de un mes de tiempo. Finalmente, Aganetha me habló de Margaret. Ésta vivía mucho más cerca de la civilización y si iba de parte de ella tal vez me invitara a quedarme. Así fue.
-Llega Vd. a tiempo para el almuerzo. Si quiere comer con nosotros..., dijo Esther Peters. Acepté la invitación encantado. La familia está compuesta por Esther y su marido Abraham, tres de sus seis hijos, y un niño boliviano al que han acogido. La hija mayor vive en una cabaña cercana junto a su marido -que llegó a Bolivia más tarde- y dos hijos.
Esther (de espaldas), su hija menor Elisabeth y el sobrino de ésta, en el sala que hace de cocina, sala de estar y comedor de la cabaña principal. Aunque las paredes sean de tablones, llama la atención las comodidades y el suelo de baldosas.
Elisabeth, la hija menor, preparando el almuerzo.
Según me contaron, en EEUU hay incluso turismo organizado en torno a los Amish, algo de lo que la familia estaba más que harta. Así pues, abandonaron su comunidad de Tenesse y vinieron a Bolivia para buscar un lugar donde poder vivir en aislamiento. De eso hace ya más de una década.
Al principio abrieron un claro en la selva a golpe de machete y con el tiempo fueron construyendo la casa actual. Los trabajos de mejora no han cesado desde entonces. Cuando los visité, Abraham estaba intentando canalizar parte del río hacia un molino de madera para construir un aserradero que funciona con agua. Me lo explicó su mujer, ya que él era extremadamente poco comunicativo. -Él es así, tiene miedo de todo. Pero no crea que está enfadado con usted, me dijo Esther.
El misterioso Abraham cavando el canal que llevará el agua al molino.
Al preguntar sobre la presencia de animales en la zona, Jacob, el hijo mayor, de 17 años, exclamó: -Hay harto puma. Hace dos semanas cacé uno que llevaba días merodeando la casa. Efectivamente, colgada de una viga, había la piel, de unos dos metros de largo.
-Pero lo peor, continuó Jacob, son los chanchos de monte (una especie de jabalí muy agresivo). De esos hay hartísimos y son muy peligrosos. Si le pillan a uno lo cortan en pedazos.
Más tarde cuando iría con Esther y los niños al huerto, a un kilómetro de la casa, sabría más del asunto. ¿Qué pasaba con ellos?
Jacob, de 17 años, había cazado un enorme puma dos semanas antes de mi llegada. Sin embargo, este no era el mayor -ni mucho menos el único- peligro de la selva.
(*) Les recuerdo que los nombres son inventados.