domingo, 30 de enero de 2011

Colonia del Sacramento y el arte de pasear. Tercera (y última) parte.

(viene de la primera y segunda parte)

Benditas dominantes

Yo creo que pasear es un arte que se está perdiendo. Cada vez somos más esclavos de la prisa y las obligaciones, y es difícil encontrar un instante para el propio disfrute.

Hay algunos lugares en el mundo que claramente invitan a la práctica de este arte. La uruguaya Colonia del Sacramento es uno de ellos. A mi me encanta caminar sin rumbo preestablecido, tener la libertad en cada cruce de tomar la dirección que en ese momento me plazca. La excitación de descubrir lo que se encuentra tras cada esquina.

En este tipo de situaciones entro en trance, sobretodo en el crepúsculo.

En esa ocasión, como si caminase por el escenario de un sueño, notaba bajo los pies el irregular relieve de los adoquines y en la cara el tacto fresco del aire cargado de la humedad del Río de la Plata. Ya puesto el Sol, me concentré en observar los cambios de luz sobre el antiguo faro.


La fotografía me ayuda a mantenerme en ese estado. La imagen del faro y la colada tendida lo resume perfectamente. La Luna al fondo le da el toque definitivo. Es la hora mágica en que las últimas luces del día dan paso a las sombras de la noche. Como tantas veces, las zonas de transición contienen los matices más interesantes.


viernes, 28 de enero de 2011

Colonia del Sacramento. El pasado presente. Segunda parte.

(viene de la primera parte)

Colonia se encuentra a orillas del estuario Río de la Plata, formado por la unión de los ríos Paraná y Uruguay. Es precisamente este estuario lo que la separa de Buenos Aires, pero no es impedimento suficiente para los porteños que deciden tomar el ferry para pasar el fin de semana en esta pequeña joya uruguaya.

En la tercera (y última) parte veremos alguna imagen más del estuario, pero en esta entrada simplemente quería mostrar una de las peculiaridades de Colonia. Encajando a la perfección con la arquitectura y el ambiente de la ciudad, encontramos docenas de automóviles clásicos.

Los hay en diversos estados de conservación y dan un toque definitivo para crear ese ambiente tan particular, como de tiempo parado en el pasado, que se respira paseando por el centro.

(continuará en la tercera parte)

miércoles, 26 de enero de 2011

Colonia del Sacramento. El encanto de Uruguay. Primera parte.

Ya les he comentado en otras ocasiones que la locura y el frenesí de las grandes urbes acaba por estresarme. Me encanta tener la opción de escaparme a algún rincón tranquilo para descansar y recargar las pilas.

Al fin de uno de mis frecuentes viajes por Sudamérica, tenía que tomar mi vuelo de regreso desde Buenos Aires. Tras un viaje de varios meses, llegué con cuatro días de antelación a la capital argentina, y aunque no es esta una ciudad que me disguste, me apetecía algo más tranquilo para esperar.

La solución era clara, pues a solo una horitas de ferry se encuentra el país vecino, Uruguay y en la costa una preciosa perla con conexión directa con la gran urbe: Colonia del Sacramento.

Tengo cierta debilidad por los lugares que fueron colonia portuguesa en algún momento de la historia. Me recuerdan la época en que vivía en Lisboa, y además su arquitectura -que también contiene elementos coloniales y post-coloniales españoles-, me encanta.

Las calles de Colonia del Sacramento son estrechas y de suelos adoquinados, y el estado de conservación de las casas se encuentra en el punto justo para que que tenga encanto y no sea simplemente algo viejo. El mérito de esto lo tiene el trabajo de restauración y reconstrucción de finales de los años 60 e inicio de los 70. Ese lavado de cara culminó en la declaración de su casco histórico como Patrimonio de la humanidad en 1995.

Conozco poco Uruguay, pero Colonia del Sacramento ya es motivo suficiente para visitar este pequeño país, que no suele estar en las agendas de los viajeros que escogen Sudamérica como destino, y que se concentran en lugares más famosos turísticamente, como Perú o Argentina. Uruguay queda como un camino menos trillado para todo el que busque una experiencia más relajante, sin tanto "gringo".

(continuará en la segunda parte)

lunes, 24 de enero de 2011

Las cenicientas de mi archivo

Vietnam, 2008

Muchas veces las fotos que se publican en las revistas no son las mejores que hizo el fotógrafo. A veces me sorprendo con las selecciones que de mis fotos hacen algunos editores, pero luego pienso que yo soy el primero que en el blog publico las imágenes que me parece que hacen buen equipo con el texto, y estas no son necesariamente las mejores fotos.

No piensen que utilizo el blog para "lucirme", ya sé que muchas veces subo birrias de fotos, no se crean. Pero es que si me apetece hablar sobre algo y las imágenes que mejor cuentan la historia no son excelentes, pues que le vamos a hacer. Prefiero explicar bien un viaje antes que convertir la entrada en una exposición de fotos.

Pero como también tengo algunas espinas clavadas y una de las ventajas de tener un blog es que uno se autopublica lo que quiere, hoy simplemente les enseño una de las cenicientas que viven en mi archivo. Al menos así será más fácil escapar del destino que tuvo Vivian Maier.

Nota: Si pinchan en la foto la verán más grande. Desde mi punto de vista la foto es buena por la cara de la mujer.

viernes, 21 de enero de 2011

La maniquí contenta. El humor en la fotografía III

Las maniquíes son una fuente inagotable de escenas graciosas en fotografía. En esa ocasión estaba en Tailandia, paseando por las calles de Bangkok, pensando en otras cosas cuando de pronto vi a una chica que cambiaba la ropa a esta maniquí.

En el sudeste asiático -y ahora también aquí- se encuentran a veces maniquíes en plena carcajada. Ya de por si tienen su gracia pero si uno espera el momento adecuado -que las manos de la dependienta pasen por determinado lugar-, se produce una relación entre los sujetos de la imagen, de causa-efecto en este caso. En esta serie sobre el humor en la fotografía ya habrá más ocasiones para mostrarles otros encuentros con maniquíes.

martes, 18 de enero de 2011

Viaje a Laponia finlandesa. El bosque que no se acababa nunca y la envidia de los otros animales. Segunda parte.

Viene de la primera parte.

Debido a la época del año y a la elevada latitud, amanecía muy tarde, anochecía muy temprano y el Sol no subía mucho en el horizonte, ni siquiera al mediodía. Los crepúsculos parecían eternos, pero cuando finalmente acababan yo no podía dejar de envidiar al resto de animales, capacitados como estaban para aguantar las noches a la intemperie.


Ni al mediodía el Sol sube demasiado sobre el horizonte.

Observaba a los renos escarbar en la nieve para alcanzar los líquenes de los que se alimentan, y me daba cuenta de su capacidad para adentrarse en aquellos paisajes de bosques infinitos, sin necesidad de llevar la comida ni tampoco abrigo, cubiertos como estaban por su denso pelaje.

La mayoría de renos tienen miedo de las personas, pero con este pasé mucho rato y al final nos hicimos amigos. Aquí me enseñaba como se hace para conseguir líquenes para comer.

Nosotros los humanos, por tener manos y un cerebro mejor, pagamos el precio de una mayor debilidad de nuestros cuerpos tal y como vienen de fábrica. A parte de ser pésimos atletas comparados con la mayoría del resto del reino animal, no estamos preparados para vivir en la intemperie, al alcance de los elementos meteorológicos, cosa que me hace especial rabia ya que muy a menudo, al contemplar paisajes como estos me entran ganas de lanzarme a explorarlos sin equipaje.

Los eternos crepúsculos de Laponia en invierno.

Así pues, mi cerebro me aconsejó buscar una cabaña para pasar la noche. Por suerte, en esa época del año fue muy sencillo encontrar una cabaña entera, con cocina y sauna privada, toda para mi disfrute y comodidad. Acostumbrado como estoy a viajar de forma austera, me sentí como un rey, rodeado de lujos y comodidades. Me felicité por la situación inesperada en la que había terminado, cenando caliente y viendo nevar por la ventana.

Vista sobre un lago helado que había junto a mi cabaña.

Continuará...

lunes, 17 de enero de 2011

¡Muchas gracias por vuestra respuesta!

Este inicio de año está siendo muy intenso -tal vez más de la cuenta- y tengo demasiados líos urgentes como para poder hacer un resumen en condiciones de lo que sucedió el sábado pasado. Espero poder hacerlo más adelante.

Pero lo que sí quiero hacer ahora es agradecer a todos los ponentes (en orden alfabético) Albert Buendía, Jep Flaqué, Joan Guillamat, Albert Masó, José Joaquín Moreno, Francesc Muntada, José Manuel Sesma, Manel Soria i Maria Rosa Vila, su participación voluntaria en esta Jornada.

Yo y mi buen amigo Manel Soria, con quien hemos creado Celístia y organizado este evento, estamos muy ilusionados por la energía y entusiasmo generalizado que ha dado este primer éxito.

Lo cierto es que organizar este evento ha costado un gran esfuerzo. Por eso nos alegramos mucho de la respuesta tan fantástica que ha tenido. Muchas gracias a las 275 personas que reservaron plaza y a las 220 que finalmente han podido venir y participar en las dos grandes salas que el IEC muy amablemente nos ha cedido.

¡Hasta la próxima!