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Ya les he comentado en otras ocasiones que la locura y el frenesí de las grandes urbes acaba por estresarme. Me encanta tener la opción de escaparme a algún rincón tranquilo para descansar y recargar las pilas.Al fin de uno de mis frecuentes viajes por Sudamérica, tenía que tomar mi vuelo de regreso desde Buenos Aires. Tras un viaje de varios meses, llegué con cuatro días de antelación a la capital argentina, y aunque no es esta una ciudad que me disguste, me apetecía algo más tranquilo para esperar.
La solución era clara, pues a solo una horitas de ferry se encuentra el país vecino, Uruguay y en la costa una preciosa perla con conexión directa con la gran urbe: Colonia del Sacramento.Tengo cierta debilidad por los lugares que fueron colonia portuguesa en algún momento de la historia. Me recuerdan la época en que vivía en Lisboa, y además su arquitectura -que también contiene elementos coloniales y post-coloniales españoles-, me encanta.
Las calles de Colonia del Sacramento son estrechas y de suelos adoquinados, y el estado de conservación de las casas se encuentra en el punto justo para que que tenga encanto y no sea simplemente algo viejo. El mérito de esto lo tiene el trabajo de restauración y reconstrucción de finales de los años 60 e inicio de los 70. Ese lavado de cara culminó en la declaración de su casco histórico como Patrimonio de la humanidad en 1995.
Conozco poco Uruguay, pero Colonia del Sacramento ya es motivo suficiente para visitar este pequeño país, que no suele estar en las agendas de los viajeros que escogen Sudamérica como destino, y que se concentran en lugares más famosos turísticamente, como Perú o Argentina. Uruguay queda como un camino menos trillado para todo el que busque una experiencia más relajante, sin tanto "gringo".
(continuará en la segunda parte)
Vietnam, 2008
Muchas veces las fotos que se publican en las revistas no son las mejores que hizo el fotógrafo. A veces me sorprendo con las selecciones que de mis fotos hacen algunos editores, pero luego pienso que yo soy el primero que en el blog publico las imágenes que me parece que hacen buen equipo con el texto, y estas no son necesariamente las mejores fotos.No piensen que utilizo el blog para "lucirme", ya sé que muchas veces subo birrias de fotos, no se crean. Pero es que si me apetece hablar sobre algo y las imágenes que mejor cuentan la historia no son excelentes, pues que le vamos a hacer. Prefiero explicar bien un viaje antes que convertir la entrada en una exposición de fotos.Pero como también tengo algunas espinas clavadas y una de las ventajas de tener un blog es que uno se autopublica lo que quiere, hoy simplemente les enseño una de las cenicientas que viven en mi archivo. Al menos así será más fácil escapar del destino que tuvo Vivian Maier.
Nota: Si pinchan en la foto la verán más grande. Desde mi punto de vista la foto es buena por la cara de la mujer.
Las maniquíes son una fuente inagotable de escenas graciosas en fotografía. En esa ocasión estaba en Tailandia, paseando por las calles de Bangkok, pensando en otras cosas cuando de pronto vi a una chica que cambiaba la ropa a esta maniquí.En el sudeste asiático -y ahora también aquí- se encuentran a veces maniquíes en plena carcajada. Ya de por si tienen su gracia pero si uno espera el momento adecuado -que las manos de la dependienta pasen por determinado lugar-, se produce una relación entre los sujetos de la imagen, de causa-efecto en este caso. En esta serie sobre el humor en la fotografía ya habrá más ocasiones para mostrarles otros encuentros con maniquíes.
Viene de la primera parte.
Debido a la época del año y a la elevada latitud, amanecía muy tarde, anochecía muy temprano y el Sol no subía mucho en el horizonte, ni siquiera al mediodía. Los crepúsculos parecían eternos, pero cuando finalmente acababan yo no podía dejar de envidiar al resto de animales, capacitados como estaban para aguantar las noches a la intemperie.
Ni al mediodía el Sol sube demasiado sobre el horizonte.
Observaba a los renos escarbar en la nieve para alcanzar los líquenes de los que se alimentan, y me daba cuenta de su capacidad para adentrarse en aquellos paisajes de bosques infinitos, sin necesidad de llevar la comida ni tampoco abrigo, cubiertos como estaban por su denso pelaje.
La mayoría de renos tienen miedo de las personas, pero con este pasé mucho rato y al final nos hicimos amigos. Aquí me enseñaba como se hace para conseguir líquenes para comer. Nosotros los humanos, por tener manos y un cerebro mejor, pagamos el precio de una mayor debilidad de nuestros cuerpos tal y como vienen de fábrica. A parte de ser pésimos atletas comparados con la mayoría del resto del reino animal, no estamos preparados para vivir en la intemperie, al alcance de los elementos meteorológicos, cosa que me hace especial rabia ya que muy a menudo, al contemplar paisajes como estos me entran ganas de lanzarme a explorarlos sin equipaje.

Los eternos crepúsculos de Laponia en invierno. Así pues, mi cerebro me aconsejó buscar una cabaña para pasar la noche. Por suerte, en esa época del año fue muy sencillo encontrar una cabaña entera, con cocina y sauna privada, toda para mi disfrute y comodidad. Acostumbrado como estoy a viajar de forma austera, me sentí como un rey, rodeado de lujos y comodidades. Me felicité por la situación inesperada en la que había terminado, cenando caliente y viendo nevar por la ventana.
Vista sobre un lago helado que había junto a mi cabaña. Continuará...
Este inicio de año está siendo muy intenso -tal vez más de la cuenta- y tengo demasiados líos urgentes como para poder hacer un resumen en condiciones de lo que sucedió el sábado pasado. Espero poder hacerlo más adelante.Pero lo que sí quiero hacer ahora es agradecer a todos los ponentes (en orden alfabético) Albert Buendía, Jep Flaqué, Joan Guillamat, Albert Masó, José Joaquín Moreno, Francesc Muntada, José Manuel Sesma, Manel Soria i Maria Rosa Vila, su participación voluntaria en esta Jornada.Yo y mi buen amigo Manel Soria, con quien hemos creado Celístia y organizado este evento, estamos muy ilusionados por la energía y entusiasmo generalizado que ha dado este primer éxito.Lo cierto es que organizar este evento ha costado un gran esfuerzo. Por eso nos alegramos mucho de la respuesta tan fantástica que ha tenido. Muchas gracias a las 275 personas que reservaron plaza y a las 220 que finalmente han podido venir y participar en las dos grandes salas que el IEC muy amablemente nos ha cedido.¡Hasta la próxima!